Mi Fabrica de Cuentos El faro de la vida. - Mi Fabrica de Cuentos

cuentos infantiles de ines diez

18

Ago

2014

El faro de la vida.

CHICOS, éste es uno de mis cuentos favoritos. Este cuento ha nacido de mi interior más profundo y el que da alas a mi imaginación.

Es mi auténtica realidad; la protección del cariño, la seguridad del amor, el señor de la autoestima.

Espero que disfuteis  mucho, muchíiisimo con él. Ahora no lo recuerdo muy bien pero creo que lo escribí en el año 2007 paseando por la fábrica hidroeléctrica de Rascafría, un maravilloso pueblo de la sierra de Madrid. El valle del Lozoya, digno, muy digno de visitar, os impregnará de energía y fuerza de vida, ya lo veréis. Sería un bonito viaje, anímate.
¿SOY FARO?

¿Quién sabe? Quizás fue el azar, el destino, mi Dios o la vida misma. Pero sucedió.

Una tragedia familiar le convirtió en un hombre callado, de duro semblante y solitario.

Una mañana de neblina, el pescador, perdido en sus pensamientos, desorientado, cogió su pequeño barco y se adentró en el mar. La vida le tenía reservado un camino distinto al que un día soñó, pero no por ello menos hermoso.

Era un frío día de septiembre. Fue sorprendido por una gran tormenta. Un bravío ciclón, que levantaba olas de hasta 6 metros, inesperadamente, le desvió de su rumbo sin que él pudiese darse cuenta.

Cuando la tormenta empezaba a calmarse, una tenue silueta de la costa se insinuaba, un paisaje totalmente desconocido aparecía ante él. Al acercarse, decidió esconder su embarcación en una gruta formada por el azote del mar sobre las rocas de tan inmensos acantilados. Salió con cuidado por el húmedo y resbaladizo desfiladero que bordeaba la zona.

Si la tormenta hubiera continuado, habría chocado contra los riscos. Pensaba mientras caminaba. ¡Aún le temblaban las piernas! ¡Esta vez he tenido suerte! No he visto zona tan peligrosa jamás. ¿Dónde estaré? Se preguntaba confundido.

Aquel lugar era muy solitario, parecía no haber sido pisado jamás por el hombre. Pero no era así. Allí, a lo lejos, entre brumas espesas, se adivinaba la silueta de una gran torre.

Me acercaré, pensó. Pero aquello no era más que las ruinas de un olvidado faro que en tiempos lejanos guiaría a las embarcaciones a buen puerto.

Si éste faro hubiera estado encendido yo no hubiera corrido peligro, murmuraba en voz alta y jadeante. Estaba hambriento y agotado. Se sentó a descansar y a comer algo que aún le quedaba en su vieja mochila.

En el pozo que allí había aún colgaba lo que debió ser una recia cuerda con un cubo, roto, pero que le sacaría del apuro. Con mucho cuidado consiguió sacar agua, tenía buen aspecto. Bebió.

¡Qué bonito debió ser este faro!, pensó. Fascinado, caminando entre las ruinas, se adentró en él.

En su interior se adivinaban los restos de una pequeña vivienda. ¿Quién viviría aquí?, se preguntó intrigado. Subió las escaleras despacio, muy, muy despacio, casi de puntillas. La madera estaba muy deteriorada por la humedad y faltaban algunos peldaños.

Al llegar a lo más alto del viejo faro, contempló las fantásticas luces que le estaba regalando aquel mágico atardecer. Aquella vista le estaba llamando, le susurraba con sus colores… ¡quédate! Permaneció un largo rato mirando tras los rotos cristales, hasta que el sol desapareció.

Caía rápido la oscuridad de la noche. No veo bien, no tengo linterna, ¡tendré que regresar. Pero… al darse la vuelta, vio la enorme bombilla del faro. ¿Funcionará? ¡Qué tontería! Continuó bajando cuidadosamente la escalera, pero …cambió de idea y, rápido, subió de nuevo. ¡Conseguiré encenderla! Pensó.
El deseaba que funcionara. Con gran inquietud, estuvo mirando por todos los rincones de aquel armatoste, oculto entre unos gruesos cables enmarañados, encontró una palanca oxidada. ¡Esto es! Grito.

La empujo hacia delante con gran fuerza, se movía muy despacio, chirriando. Parecía que iba a partir, pero no, aguantó. ¡Si!, ¡Si! ¡Aún funciona! ¡Si! Gritó mientras daba brincos a su alrededor.

Se paró, miró la tremenda luz que aquel faro proyectaba. Un gran escalofrío recorrió todo su cuerpo. Esa noche algo se encendió también en su noble corazón.
Ese lugar, le embaucó, le atrapó.

Así fue, cómo pensó en quedarse, pues en su tierra ya nadie le estaba esperando.

¡Este faro será mi nueva vida ! decidió. Una lágrima recorría su fría mejilla. De nuevo nació en él la esperanza de un bonito sueño.

Se dedicó a la pesca. En el mercado de Tenéa, el pueblo más cercano, cambiaba su mercancía por fruta, leche y cuanto iba necesitando.

Buena pesca, ¡qué digo, excelente pesca! Capturaba los mejores ejemplares en los acantilados del faro. Algunos pesaban hasta diez kilos.

Al verle pasar, la gente del pueblo intercambiaba disimuladamente sus comentarios:-¡Que hombre más extraño! ¿De dónde vendrá?
– ¿Qué buscará entre nosotros?
– ¿Huirá de la justicia?…

Miles de preguntas surgían en torno a él, aunque, en el fondo, todos los habitantes del lugar estaban contentos de que alguien valiente hubiera logrado encender el faro de nuevo

Se cuenta que las almas de los marineros desaparecidos durante la faena, allí habitan. Desde que el viejo Tomás desapareció, nadie más se atrevió a merodear por la zona.
Tenéa necesitaba su faro encendido. Era un pueblo esencialmente pesquero con tortuosa costa, sinuoso relieve marino, embravecidas aguas y profundos acantilados. Era aquella la zona más temida, donde ya habían perdido varios de sus pesqueros.

Por las tardes, al salir de la escuela, Raúl, un niño de casi 6 años, callado, tímido y algo asustadizo, se asomaba sigiloso a las ventanas del faro. En el mercado había visto a Tomás, hombre misterioso de mirada tierna, franca y tranquila. Lejos de asustarle le atraía enormemente—————
Tomás le presentía siempre pero fingía no darse cuenta. Le divertía la curiosidad de aquel chiquillo.
Pasaban las semanas, a Tomás le gustaba aquel juego pero…decidió conocerle. Mientras cosía redes sobre unas rocas, sorprendió a Raúl. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué me persigues? Le dijo con su grave y firme voz. Raúl se quedó helado, no supo que decir y echó a correr.

Tomás se quedó solo. En la profundidad de su introversión habitaba un mundo luminoso que despertaba la inquietud y curiosidad de los demás. Esa era su magia y el origen de su destino.

A los pocos días Raúl regresó. Sin duda lo que más deseaba era hablar con él, desvelar el misterio del faro.

Durante un rato Raúl se quedó cerca mirando cómo Tomás cortaba leña. Quería provocar de nuevo sus palabras y…así fue.
¿Cómo te llamas? preguntó Raúl, tímidamente.
Tomás. -Le respondió.
A Raúl le cambió el color de la cara, se quedó muy quieto, con los ojos tremendamente abiertos.
¿Qué te pasa?-preguntó Tomás.¿Te encuentras bien?
Raúl reaccionó y contestó con voz entrecortada:-Tomás se llamaba también el abuelo farero y aquí vivió hace muchos años.

-¿Qué sucedió?
-Nadie lo sabe.-Desapareció.
-¿No tienes miedo aquí, tu sólo?
-No. ¿Por qué habría de tenerlo?
– Habitan fantasmas.
-¡Ja, ja ,ja! ¿Eso te han contado pequeño?
-Si. ¡Todo el mundo lo sabe!
-Eso son sólo leyendas.
-¿Y qué son leyendas?
-Son historias que la gente inventa cuando no sabe porque pasan las cosas o lo que en realidad está sucediendo. Suelen ser fruto de los miedos del hombre. Somos muy impresionables ¿sabes?
-¿Tú sabes leyendas?
-Sí, sé muchas. ¿Quieres conocerlas?
-¡Pues claro!
-Si vienes por la tarde, después del colegio, te iré contando historias y apasionantes leyendas. Te gustarán. Estoy seguro.

Raúl así lo hizo. Cada vez eran más los niños que subían al viejo faro. A escondidas, escuchaban tras los muros las historias que aquel enigmático hombre relataba a su pequeño amiguito.
La madre de Raúl enseguida comenzó a inquietarse por las largas ausencias de su hijo, pues él, no quería contar dónde se marchaba. Una soleada tarde de invierno siguió a su hijo hasta el faro. Al ver disfrutar tanto a los niños, sonrió y en silencio regresó tranquila a su casa.

Todas las mañanas, de madrugada, Tomás salía de pesca. Cuando regresaba, comía y directamente se ponía a trabar en el faro. Reconstruirlo era su gran labor. Aquello le hacía sentirse muy satisfecho. Con su paciencia y su constancia, lograba espectaculares resultados. Pero en el fondo sólo deseaba que llegaran las tardes, esas maravillosas tardes con la presencia de Raúl, su pequeño acompañante. Por las noches, en el silencio de aquel abandonado lugar, encendía su candil y se quedaba escribiendo hasta que le vencía el sueño.

Había temporadas en las que Tomás realizaba largos viajes, Raúl no sabía porqué pues a Tomás no le gustaba hablar de ellos. Solamente decía: Raúl tendrás que encender el faro por mí, voy a salir. ¡Cuídalo!

A Raúl le encantaba (enorgullecía) que Tomás confiara en él y le dejara esa gran responsabilidad. Le hacía sentirse mayor e importante.

El tiempo pasaba rápido para Tomás, había permanecido en Tenéa durante 8 años. Su personalidad aventurera resurgía con fuerza. Raúl se había convertido en todo un hombrecito de 14 años.
Hace mucho que a Tomás le rondaba una idea en la cabeza. Quería viajar a tierras tailandesas pasando primero por la India. Aquella marcha significaría una ausencia de casi dos años. ¿Cómo decírselo a Raúl, a quien tanto cariño tenía?

Decidió entonces revelarle su mayor secreto. Estaba seguro de que lo guardaría como el mejor de los tesoros. Así, su partida sería menos dolorosa.

Cuando comenzó la primavera Tomás había terminado ya todos los preparativos del viaje. Aquella tarde no le contó una de sus bonitas leyendas, le contó la historia de su vida. Era él quien inventaba aquellas historias en un intento desesperado de evasión. Huía de aquellos duros momentos en que asomaba inevitablemente la tristeza y soledad.

Tengo que marcharme,-dijo Tomás.
Cuando viajaba buscaba experiencias y antiguas creencias que plasmar en sus obras. Buscaba paisajes, personas, bellos lugares, costumbres…cualquier cosa que avivara de nuevo su corazón.

Encenderé el faro como siempre, no te preocupes.-Respondió Raúl
-No me entiendes, ésta vez será un largo viaje.
-Iré contigo. Dijo Raúl con los ojos llenos de lágrimas.
-No puedes. Éste es tu lugar. Tienes que seguir aprendiendo. Tu madre te necesita. ¿La darías ese disgusto?
-No puedo, tienes razón dijo llorando.
-No te preocupes, pasará el tiempo volando te lo prometo. Además tengo algo importante para ti, para que siempre me tengas cerca, hablándote.
Todos y cada uno de los peldaños que formaban la enorme escalera del faro, estaban restaurados en forma de ocultos baúles. Contenían libros y escritos de todo tipo: cuentos, novelas, poemas, adivinanzas…Unos procedían de sus viajes, otros eran la obra de Tomás. Allí se conservaban bien protegidos de la luz y la humedad. Sin duda todos pertenecían a lo que fue la mayor biblioteca del mundo.

-Mi largo viaje es para completar la esencia de este mágico rincón. Es importante. Tienes que cuidar de todo esto. Tú, sólo tú puedes hacerlo. ¿Lo comprendes verdad?

Era un gran regalo para Raúl. Cesaron las lágrimas. Estaba encantado, tan sorprendido….No supo que decir. Se abrazó a él durante un largo rato.

Tomás partió hacia la India.-No olvides encender el faro.
-¡Nunca! Dijo Raúl mientras ahogaba sus lágrimas con esfuerzo.

Tomás, aventurero inquieto, comenzó su gran viaje rumbo a lo desconocido, en busca de lugares recónditos, bellos …aquellos que le hacían explotar su volcán interior, su imaginación, su ser.

De vez en cuando Raúl recibía paquetes muy bien embalados.
¿Sabéis de qué se trata, verdad? Pues sí, eran escritos, recortes, toda clase de apuntes y fotografías de las experiencias de aquel cariñoso trotamundos al que Raúl echaba de menos. Siempre acompañados de una afectuosa carta que Raúl archivaba cuidadosamente y en cada una terminaba diciendo:¡ Enciende el faro Raúl! No lo olvides.

Llegó un día en que Raúl ya no recibía paquetes. Con el tiempo pensó que no le volvería a ver más y comenzó a sentir profundamente su ausencia. Sin duda algo muy grave le había sucedido.

Raúl continuaba leyendo los libros guardados bajo cada peldaño, pero…ya no era lo mismo. Tomás le había hecho sentirse protegido, muy querido. Ahora un vacío enorme le atrapaba.

Cada tarde bajaba y encendía el gran faro como Tomás le enseñó. Se sentaba mirando al mar durante largo rato. Se imaginaba la embarcación de su amigo de regreso y a Tomás moviendo fuertemente la vela con la mano, como señal a su pequeño Raúl, ansioso de ser descubierto a lo lejos. Pero siempre despertaba de sus bonitos sueños para regresar a su casa cabizbajo.——-
Una tarde Raúl reparaba la puerta del faro que, engrosada por la humedad, se negaba a cerrar bien.
¿Te ayudo? Le sorprendió por detrás una voz ronca. Raúl sobresaltado se dio la vuelta y cayó sentado en el suelo rompiendo lo poco que quedaba de la maltrecha puerta.

Los dos estallaron en risas y llanto. Se abrazaron con inmensa alegría. ¡Ya estoy aquí! He regresado. Estoy muy cansado. ¿Me ayudarás en mi próxima etapa?
Raúl aún muy nervioso le dijo: como siempre Tomás, cómo siempre.

Raúl se dedicó a escribir las historias que su amigo le relataba. Tomás ya no veía bien, necesitaba de su ayuda y de su cultura. Raúl se había convertido en el mejor de los fareros y en el mejor de los escritores. En el Rey del bibliofaro. En el guardián de un volcán de sueños, emociones y sabiduría. En el guardián de la ilusión y la vida.
Se iba desdibujando el rostro de Tomás en la memoria de Raúl. ¿Regresó? ¿Verdaderamente regresó? ¿Me estaré volviendo loco? ¿Fue mi locura lo que le obligó a venir?
¡No me importa! ¡Está aquí! Yo le siento a mi lado. Le veo. Me quiere.

Tomás le sigue guiando y aconsejando. Quizás fue el poder de aquel asombroso lugar el que rescato su alma. La leyenda del Faro no es sino la mismísima historia de TENEA.

Multitud de personas visitan cada año tan grandiosa obra. EL FARO DE LA VIDA.

Cada noche se oye entre tiernos susurros: ¡Enciende el faro Raúl! No lo olvides.

Autora: Inés Díez Rodríguez.

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