Mi Fabrica de Cuentos Espíritu fiesta. - Mi Fabrica de Cuentos

cuentos infantiles de ines diez

23

Ago

2012

Espíritu fiesta.

Dibujo infantil juvenil caretas de carnavalEs un cuento en constante evolución, como casi todos los míos. Sujeto a variaciones y nuevas ocurrencias.
Con esto quiero decir que… por ahora, lo he pensado y lo tengo escrito, pero como soy algo impaciente y visto que le gusta mucho a mis hijos, os lo ofrezco a vosotros también. Espero que os guste.
Intentaré en breve ilustrarlo o… decorarlo, o… colorearlo… Algún dibujillo no iría mal, ¿verdad?

ESPIRITU FIESTA

No sé cómo comenzar ésta historia.

Bueno, quizás sí. Voy a empezar por hablaros de Marti, un niño muy afortunado, capaz de entender lo especial y esencial de los sentimientos.
Ocurrió un invierno, en el año 1981.
Marti se levantó muy nervioso aquella mañana. Quedaban sólo dos días para carnaval. En el colegio distraído e impaciente, esperaba que Laura, su nueva profesora, comentara los detalles de la fiesta.
Marti vivía en Taún un pueblecito de la comarca de Lizania. Era un pueblo pequeño, sí, pero comenzaba a crecer: ese mismo año, llegaron cuatro familias nuevas y muy agradables, por cierto.
Uno de sus nuevos amigos, Raúl, sabía preparar bonitos disfraces de carnaval; venía de Brasil, donde esta fiesta se celebra a lo grande y forma parte de una bellísima tradición.
En la clase, Marti no se podía concentrar. Iba pasando el tiempo y Laura no decía nada.
”¡Ahora, seguro!, con el recreo”, pensó Marti.

Pero la profesora, al sonar la campana, dijo como siempre: -Podéis salir. Sin alborotar, por favor-.

Marti, sin pensarlo, levantó enérgicamente la voz: -¿Qué vamos a preparar para la fiesta de carnaval? Ya es algo tarde, ¿no cree?-

-Nada, tantas fiestas no son buenas. Lo mejor es que penséis en estudiar y ayudar- respondió Laura serena mientras ordenaba su escritorio.

Dibujo niño pensativo desanimado espíritu fiesta

¿Porqué no quiere la fiesta de carnaval?

Marti se sorprendió tanto, que no supo qué decir. Pasó el recreo cabizbajo, pensando en tan grandísima injusticia.
Todos los años, con Mª Josefa, su antigua profesora jubilada, preparaban originales y divertidos juegos para ese día. Aquella tarde, pensando en todo aquello, Marti regresó desanimado a su casa.
Por la noche cenó poco, además, se le veía mala cara.
-¿Qué te ocurre?, apenas has comido, ¿te encuentras mal?- preguntó su madre preocupada.
-No mamá- respondió Marti.
-Pues… ¿a qué viene esa carita?- continuó diciendo su madre sin comprender.
Nuestro amigo contó detalladamente a su madre todo lo sucedido ese día en el colegio. -Este año no tendremos fiesta- acabó diciendo mientras se levantaba de la mesa.
-No te preocupes Marti- le dijo su madre. -Hablaré con la profesora, quizás podamos arreglarlo-.
-¡¡¡Ya es tarde, quedan tan sólo dos días!!!- respondió Marti enfadado.
-Ten paciencia, pensaremos algo-.
Al día siguiente, Clara, con su habitual dulzura, tuvo una larga conversación con Laura. Le invitó a un cafetito en la pastelería de doña Ana. Lo pasaron bien. Pero… aún así…, ella no accedió.
Al llegar a casa, Marti impaciente la preguntó: -¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha dicho?
Clara, desilusionada, le contó algunos detalles de su conversación. Le explicó que Laura venía de una zona donde la pobreza no daba lugar a un respiro, mucho menos surgían las fiestas o unas pequeñas vacaciones. -Ella se encuentra aquí algo desorientada todavía- razonaba Clara desalentada -y con muchas costumbres buenas que conocer. Hay que darla un poco de tiempo, Marti-.
” ¡Tanta fiesta, tanta fiesta! ¡Trabaja! ¡Y reza para que crezcan grandes los tomates!” Éstas eran las palabras que repetidamente sonaron en los oídos de Laura durante su niñez. Había mucha necesidad en su familia y… muy, pero que muy pocos recursos.
Ella estudiaba por las noches con su lamparita, sin que sus padres se dieran cuenta. Quería ser algo más, quería superarse. No se resignaba a formar parte de un mundo tan duro y vacío, además, presentía que la vida la reservaba algo grande para el futuro.
– Como ves, Laura creció en un ambiente muy pobre y desolador- explico Clara con pena.
” ¡Quién lo iba a decir!”, pensó Marti para sus adentros.
Discurría el momento de la merienda. Marti untaba mantequilla en el pan, ensimismado, inmerso en felices pensamientos, se imaginaba la fiesta que de ningún modo podía olvidar.
Clara le sacó de su obsesivo “sueño”:-¿Qué haces Marti? Tienes aún que hacer los deberes. No te dará tiempo a jugar con tus amigos.
-Mamá, ¿qué te parece si preparamos una bonita fiesta sorpresa a Laura?-
-No sé si la gustará, Marti. Podemos molestarla, ya lo hemos intentado- respondió Clara cariñosamente.
Al día siguiente, Marti contó a sus amigos con todo detalle la conversación con su madre y lo que estaba cavilando sin poder evitarlo -¡Prepararemos la fiesta de las fiestas!- gritó.
Algo le insistía en el interior de su alocada cabecita, a pesar de las advertencias de su madre.
”Será uno de esos momentos que Laura no olvidará nunca. ¡La regalaremos alegría y diversión! Disfrutará mucho, estoy seguro”. “Es una mujer tan triste… tan callada…”, pensaba en su acelerado diálogo interior, que aun queriendo, era incapaz de detener.
D. Jeremías, el respetado cura del pueblo, esa tarde pasaba por la plaza. Sorprendió a todos los chiquillos que hablaban en susurros mientras se lanzaban intrigantes miradas de complicidad. “Algo traman para la fiesta de carnaval, está claro. Este año lo llevan todos muy en secreto”, pensó intrigado. Algo muy especial iba a ocurrir, lo podía presentir.
“Yo también prepararé algo especial para este año. ¡Colaboraré en la gran sorpresa!, se decía emocionado para sus adentros. Con eso de vestir con sotana…, nunca participaba en los disfraces de las fiestas.
Amaneció una mañana soleada, era el día anterior al carnaval. Todos los niños se convirtieron en invisibles carteros. Repartían pequeñas notas que decían: reúnanse en la plaza el día de carnaval a las 12h. Asunto urgente. Lo sorprendente es que no iban firmadas, ni selladas. Nadie supo de donde provenían. Razón de más para acudir a tan especial cita con gran curiosidad.
Ese año no hubo a penas colaboración por parte de los mayores. Los chiquillos pensaron en disfrazarse con lo preparado el año anterior. Elaboraron una riquísima limonada con la ayuda de don Tomás, su discreto cómplice de la taberna. Amasaron y cocieron deliciosas tortas de anís en el horno de doña Ana, su mujer.
Con pensadas estrategias:_ ¡Déjeme un par de pimientos, Manué! o…¿Puedes inflarme la rueda de la bici?, los chiquillos hacían salir a los inquilinos de sus casas, para ir recopilando uno por uno, todos los instrumentos musicales de la banda.
Esa noche a penas pegaron ojo.
Amaneció un sábado algo nublado, pero nada alarmante, menos mal. Como de costumbre, los niños hacían sus recados: ir a por el pan, comprar la carne…. Todos aprovecharon ese momento para trasladar al parque y ocultar entre los arbustos, el material de carnaval que aquella mañana iban a necesitar.
Al llegar las 11h, todos entre risas y carcajadas acudieron felices al parque. Con gran bullicio y alboroto se disfrazaron y, cogiendo todos los bártulos, se dirigieron hacia la plaza.
Llegando a la plaza, Márti le preguntó a Mario: ¿Dónde vas con ese enorme bote de pintura?
-Es para pintar a Laura-. Le respondió.
-¡Ni se te ocurra!- Le gritó Mario. ¡Se enfadará!
-Si se quita con agua- protestó Mario.
-No importa, no lo hagas o arruinarás la fiesta.-
-Está bieeeén…- se quejó Mario. Pero no tenía ni la más mínima intención de cumplirlo.
Con sus caritas llenas de felicidad, al llegar a la plaza, gritaron todos a la vez. ¡¡¡SORPRESAAAA!!!
En dos segundos al gentío se le cambió la cara. Se quedaron atónitos viendo cómo Mario, volcaba por entero el gran bote de pintura azul brillante sobre la cabeza a la señorita Laura.
Laura con el “estómago encogido”, avergonzada, sin poder decir palabra, intentaba sacudir la pintura que resbalaba hacia sus ojos. Se hizo un profundo silencio. Nadie se atrevía a moverse, ¡todos petrificados!
Mario, impresionado por las consecuencias de su broma, intentaba sin éxito “sujetar” las lágrimas que se acumulaban en sus ojos negros. Yo nunca he escuchado el mayor de los silencios pero… seguro, que éste era uno de ellos.
La señorita Laura solía vestir con una falda muy larga y un poncho cubriendo sus delgados hombros. Tras aquella broma de mal gusto, de fatalísimo gusto, la pobre parecía un fantasmita azul-plata. Quedó toda teñidita hasta la suela del largo tacón de sus zapatos.

 

os.Espíritu fiesta azul
Don Jeremías apareció en ese difícil momento, en el que seguro, explotarían todo el enfado y la cólera de la señorita.
Viendo la complicada situación exclamó:
-Srta. Laura, ¡qué bonita está, disfrazada de espíritu fiesta!. Sin duda alguna, el disfraz más original. ¡Qué buena idea!-

Cogiendo por el hombro a Mario, en un gesto por disipar su llanto, continuó diciendo…-Es usted un ejemplo de alegría y espíritu para nuestros chavales. ¡Enhorabuena!-
-Me temo, que no ha sido del todo idea mía-, dijo la señorita con una leve sonrisa.
De este modo, se fue disipando la angustia y la tensión. Entre suspiros, aparecían por fin disimuladas sonrisas y en pocos segundos estallaron las contagiosas carcajadas. ¡Ufff!

Marti, aún estaba muy nervioso: le flojeaban las piernas, tenía seca, muy seca la garganta. Se sentía culpable por su gran testarudez en festejar el carnaval. Aún recordaba las palabras de su madre: “Laura se podría molestar, ya lo hemos intentado…”.Por un momento pensó que le caería una enorme reprimenda. Además pudo avergonzar a la señorita Laura. “En su primer año aquí, sin conocernos…, con lo tímida que es…” pensaba sofocado.
Levantó su mirada del suelo, al ver de frente a don Jeremías salió de sus negros pensamientos y comenzó a reír frenéticamente. -¡Yo creía que los curas no se disfrazaban, ja, ja, jaaa! ¿Por qué se ha colocado un ángel en la sotana?- Le preguntó, casi sin poder hablar, desternillado entre risas.
-No voy disfrazado- dijo Jeremías muy sonriente. -Llevo mi Ángel de la Guarda, como todos los días, sólo que hoy… le podemos ver, nos acordamos de Él. ¿No es así?

Todos estallaron de nuevo en carcajadas. La música comenzó a sonar. Don Tomás escanciaba su deliciosa limonada. Los niños se ocupaban de repartir las olorosas tortas de doña Ana. Lo pasaron francamente bien, tremendamente bien, ¡qué digo yo, fue colosal!

Y digo poco, fue la mejor entre todas sus fiestas, a pesar de utilizar los vestidos utilizados el año anterior.
Los chavales entendieron que tener disfraces nuevos y preparar el evento “a la última”, no convertía a la fiesta en evento maravilloso y excelente. Comprendieron, que eran ellos mismos, con su buen corazón, los que propiciaron que aquello fuese así: tan, tan especial. ¡Genial! ¡Superlativo!

«¿Podremos superarnos en la próxima fiesta?», pensó por un momento Marti, “¡lo tenemos difícil!”
De pronto empezó a correr, venía Raúl a cogerle. Perdería en el juego si no se espabilaba.
Llegó la noche y Marti, desvelado, permanecía inquieto en la cama ¡no paraba de dar vueltas, pensando en la gran fiesta! Una fuerte brisa caliente le azotó en la cara. Tenía un olor parecido a la pólvora quemada. Sobresaltado se asomó a la ventana. Todo estaba bien, como de costumbre. Mejor aún. Frente a él se dibujaba un luminoso cielo especialmente estrellado. ¡Qué suerte! ¡Una estrella fugaz! Su paso, le recordó la encantadora sonrisa de la señorita Laura cuando comenzó a bailar.
Todo había transcurrido de una manera tan insólita…”Este carnava,l jamás lo olvidaré”, pensó Marti, mientras agotado, se le cerraban los ojos. Entrando así en un profundo sueño.

Desde ese día, nadie volvió a ver a la cariñosa Laura. Dejó una tierna nota en el pequeño buzón de la escuela: “Ya sé bien cómo soy en mi interior, vosotros los de Taún me lo habéis enseñado. Vosotros me habéis hecho crecer. Tengo que marchar. He comprendido mi misión en el mundo. Soy espíritu de las fiestas, he de traspasarlo a todos los rincones del mundo. Os llevo a todos dentro, muy dentro de mi corazón. Gracias, muchas gracias.

Todos en el pueblo la echaron muchísimo de menos. Pero en el fondo se sentían muy felices por haber conseguido derrotar la melancólica, la amargura y tristeza que aquella cariñosa mujer llevaba dentro.
No sé cómo ni por qué, pero en algunas zonas del país se cuenta, que durante los mejores eventos y fiestas, los ángeles derraman una difuminada neblina azulada, reluciente, que trasmite inevitablemente alegría, empatía y tolerancia, ingredientes esenciales de cualquier festejo que se precie.
En Taún, todos, y sobre todo nuestro amigo Marti, están firmemente convencidos de que es el espíritu de ángel de Laura y de que… en cualquier momento, volverá.
Yo, estoy segura de que así será.
Laura ya lo está pensando. Además no podría evitar jamás, volver a pasar por el lugar donde volvió a nacer.
Y… por supuesto… tampoco podrá olvidar a Marti. Al fin y al cabo fue él quien la traspasó esa generosa felicidad.

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